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Gironès

Reformas integrales en Flaçà

En Flaçà conviven dos trabajos muy distintos. En el núcleo, casas entre medianeras modestas que se compran para rehabilitar de arriba abajo, a menudo por gente que viene de Girona buscando precio. En los ensanches de los años ochenta y noventa, reformas parciales de baño y de cocina en viviendas que están bien pero ya tienen treinta años. Y una condición que aquí no se puede ignorar: la proximidad de la vía, que decide qué carpintería tiene sentido colocar.

Arquitectura característica de Flaçà, en el Gironès

Flaçà se entiende mejor si se mira la estación. El pueblo creció pegado a la línea de Barcelona a Portbou, y eso le ha dado una población que trabaja fuera —en Girona, en el Empordà o más lejos— y que vuelve a casa a dormir. Flaçà fue, de hecho, el punto donde el carrilet de vía estrecha del Baix Empordà enlazaba con el ancho: el tramo de Palamós a Flaçà se inauguró en 1887 precisamente para conectar con la línea de Barcelona a Francia, el de Flaçà a Girona llegó en 1921 y el conjunto cerró en 1956. Aquel carrilet circulaba por la carretera, y por eso aquí no ha dejado ningún trazado convertible en vía verde como sí ha ocurrido entre Palamós y Palafrugell. Para nosotros eso no es contexto turístico: es la manera en que se organiza una obra. Casas vacías de lunes a viernes, decisiones que se toman por la tarde o el fin de semana, y mucho cuidado con los ruidos justo en las horas en que la calle vuelve a estar llena.

El parque de vivienda tiene dos mitades claras. En el núcleo predomina la casa entre medianeras modesta, de fachada estrecha y bastante profundidad, con la planta baja que en su día fue almacén, cuadra o cochera, patio o huerto detrás y una escalera estrecha que sube pegada a la medianera. Alrededor, los ensanches de los años ochenta y noventa: unifamiliares aisladas y algún adosado, con parcela pequeña, garaje en planta baja y espacio bajo cubierta. Son dos encargos distintos con presupuestos que no se parecen: en el núcleo se rehabilita de cero, en los ensanches se pone al día lo que ya hay.

La casa de pueblo comprada para rehabilitar es la obra más exigente de Flaçà, y quien la compra suele venir de Girona buscando metros y precio. Lo que se encuentra se repite: cubierta de teja árabe sobre listones y vigas de madera, sin aislamiento ni cámara bajo teja; pavimento de planta baja apoyado directamente sobre el terreno, sin forjado sanitario ni barrera alguna, con la humedad por capilaridad que eso arrastra; y una instalación eléctrica que ha ido creciendo por capas, con circuitos añadidos sin criterio y sin toma de tierra en media casa. La tentación es empezar por la cocina, que es lo que se ve. El orden correcto es el inverso: cubierta y estructura, humedades, instalaciones y, al final, acabados.

Antes de cerrar un precio en una casa así abrimos catas en los tres puntos que deciden el presupuesto: las cabezas de viga, allí donde la madera se empotra en el muro y donde se acumula la humedad; la cara interior de la cubierta; y el encuentro del pavimento de planta baja con la fachada. Es un trabajo de una mañana que evita una modificación de contrato a media obra. Y si se quiere cambiar la distribución o ganar habitaciones, hay que comprobar qué permiten las condiciones mínimas de habitabilidad del Decreto 141/2012 —altura libre, superficie, ventilación e iluminación natural— antes de dibujar nada, no después de haberlo prometido.

El tren es el detalle que distingue a Flaçà de cualquier otro pueblo de la llanura, y hay que hablar de ello con honestidad. Hay dos cosas que a menudo se mezclan: el ruido aéreo y la vibración. El ruido aéreo se gana con carpintería bien resuelta —vidrio laminado asimétrico con lámina acústica, espesores distintos en cada hoja y marco realmente estanco— y, sobre todo, con el cajón de persiana, que en la mayoría de fachadas es el agujero por donde entra el sonido y el aire. Si la ventana pasa a ser estanca, hay que resolver el aire de renovación que antes entraba por las rendijas, y para eso existen los aireadores acústicos.

La vibración es otra cosa y no la resuelve ningún vidrio. Llega por el terreno y sube por el forjado, y cuando molesta de verdad la única intervención seria es desolidarizar pavimentos y trasdosados de la estructura, algo que encarece la obra y que no siempre compensa. Lo decimos antes de empezar, no después de colocar las ventanas. En fincas que lindan con el dominio público ferroviario hay, además, limitaciones para obras nuevas, vallas y volúmenes dentro de la zona de protección que fija la legislación del sector ferroviario: para una reforma interior no suele afectar, pero si se quiere ampliar, levantar volumen o rehacer la valla se comprueba primero.

El terreno de la llanura del Ter también condiciona. Es aluvial, de arenas y gravas, y el nivel de agua sube cuando el río viene alto; en los sótanos y garajes semienterrados se nota cada invierno lluvioso. La tentación aquí es aplicar un producto impermeabilizante por la cara de dentro, y es exactamente lo que no aguanta: una barrera puesta por el interior tiene que trabajar contra la presión del agua en vez de contenerla, y acaba abombándose. Cuando se puede excavar, lo que funciona es interceptar el agua por fuera, antes de que llegue al muro; y cuando lo que está húmedo es el suelo, levantarlo y ventilarlo por debajo en vez de sellarlo. Y si lo que se quiere es convertir una planta baja en vivienda o rebajar su nivel, vale la pena mirar antes la cartografía de zonas inundables de la Agència Catalana de l’Aigua.

La otra mitad del trabajo es más amable y muy repetida: baño y cocina en una vivienda recién comprada y perfectamente habitable. El baño típico de aquellos años tiene bañera empotrada, gres de formato pequeño, mampara que ha dejado de cerrar bien y un mueble hinchado por el agua. El cambio a ducha enrasada es la intervención que más se nota, pero tiene una condición que hay que mirar antes de prometer nada: el espesor disponible hasta el forjado y la pendiente que queda hasta el bajante. En casas con techos de vigas de madera cuenta, además, el peso de lo que se coloca encima y la manera de anclar la mampara.

En la cocina el encargo suele ser el mismo: abrirla hacia el comedor. Antes de picar ninguna pared comprobamos si lo que separa las dos estancias es un tabique o una pared de carga, porque la respuesta cambia la obra entera —dintel calculado, apuntalamiento y un trámite municipal distinto—. Después vienen las decisiones que determinan si la cocina funcionará: rehacer el agua y el desagüe en lugar de empalmar a lo que había, sacar los humos de la campana por un conducto que llegue a cubierta siempre que sea posible y, si se pone inducción, revisar la potencia contratada y la sección del circuito antes de comprar la placa.

En los ensanches de los ochenta y noventa la patología no es estructural sino térmica, y tiene una firma inconfundible: paredes que se enfrían antes que el aire, ventanas que gotean por dentro en enero y una planta bajo teja inservible de junio a septiembre. Detrás hay una fachada de dos hojas con la cámara prácticamente vacía, unos perfiles que llevan el frío de fuera hacia dentro y unos cajones de persiana por donde el aire entra sin encontrar ninguna resistencia. Si la calefacción todavía es de gasóleo o de propano con depósito, el cambio a aerotermia se dimensiona con la casa ya aislada y no antes: una máquina elegida sobre la casa de ahora sale más grande, más cara y peor ajustada de lo que haría falta.

La logística de Flaçà es, por suerte, más sencilla que la de un casco antiguo grande. En las calles del centro hay anchuras justas y portales estrechos, y se trabaja con sacos y protegiendo el pavimento, pero a partir del ensanche hay espacio para dejar el contenedor y para aparcar las furgonetas a pie de obra, y el terreno es llano. Eso se nota en el presupuesto en forma de menos horas de transporte manual y menos transbordos. Donde sí hay que ser meticuloso es con los pedidos: todo lo que se fabrica a medida hay que cerrarlo al principio y no a media obra, porque el tiempo de taller no se acorta por bien que vaya la parte de albañilería.

La parte administrativa en Flaçà rara vez es lo que alarga el calendario, pero conviene tenerla resuelta antes de reservar equipo, porque la categoría del trámite depende del alcance de la intervención y no del tamaño de la casa; el criterio para saber cuál toca está en la guía de permisos. La ocupación de vía pública con contenedor o andamio se pide al ayuntamiento, y los residuos de obra se entregan a gestor autorizado, con el comprobante dentro de la documentación final. Lo que más nos piden desde Flaçà es esto: rehabilitar una casa de pueblo entera, a menudo por fases; cambiar la bañera por una ducha en una vivienda de compra reciente; y abrir la cocina hacia el comedor. Las tres se pueden situar en un orden de magnitud antes de la visita, pero en una casa antigua el número que cuenta es el que aparece el día que se abren los techos.

Preguntas sobre reformas en Flaçà

¿Hacen reformas en Flaçà?

Sí. Flaçà (Gironès) está dentro de nuestra zona de trabajo habitual con equipo propio, sin recargo de desplazamiento. Hacemos reformas integrales, cocinas, baños y rehabilitación, y la visita para valorar la obra es gratuita.

¿Cuánto cuesta una reforma en Flaçà?

Las franjas son las mismas que en el resto de la comarca: de 450 a 1.350 €/m² en una reforma integral según el nivel, de 4.500 a 9.000 € un baño completo y de 6.500 a 14.000 € una cocina. Lo que cambia entre municipios no es el precio unitario, sino el estado de partida del edificio y la facilidad de acceso a la obra.

¿Se encargan del permiso en el ayuntamiento?

Sí. Tramitamos la comunicación previa o la licencia de obras en el Ayuntamiento de Flaçà, reservamos el contenedor y gestionamos el escombro en planta autorizada con el justificante de vertido.

Presupuesto gratuito

¿Quiere saber qué cuesta su reforma?

Visitamos la vivienda, tomamos medidas y le entregamos un presupuesto detallado por partidas, sin compromiso y sin letra pequeña.