Rehabilitación de la cubierta de un pajar
Sustitución completa de la estructura de cubierta de un pajar de piedra: se desmontó el techo original de vigas redondas y revoltón cerámico, se levantó una estructura nueva de madera con panel sándwich y se volvió a colocar la teja árabe original.
La fotografía de estado previo muestra el sistema original: vigas redondas —troncos apenas escuadrados y colocados a ojo— y, entre viga y viga, un revoltón de ladrillo cerámico que forma una pequeña bóveda y trabaja a compresión. Barato, honesto y duradero, pero aquí ya había perdido el revoco, tenía las juntas abiertas y el ladrillo se deshacía por debajo.
El problema de estos techos casi nunca está en el centro de la viga: está en la cabeza, el tramo empotrado dentro del muro. Ahí no hay ventilación, la piedra le cede humedad y la madera pierde sección sin que desde el suelo se vea nada. Una viga puede parecer sana y estar hueca justo en los quince centímetros que la sostienen: por eso se inspecciona con punzón, sondeando con el martillo y mirando si hay serrín en el suelo.
Con el diagnóstico en la mano hay dos caminos. Sanear cabeza por cabeza y colocar prótesis —cortar la parte dañada y reconstruir el apoyo con resina epoxi y barras— tiene sentido cuando las vigas sanas son mayoría. Aquí se sustituyó: la degradación era generalizada y el revoltón ya no ligaba, y repararlas una por una habría costado más horas que levantar una cubierta nueva para acabar con un techo con dos vidas distintas dentro.
La estructura nueva son jácenas de madera laminada encolada y vigas de abeto. La laminada da luces largas con sección controlada, sin las fendas ni los nudos pasantes de un macizo equivalente; en las secundarias, con luces cortas, el abeto ya cumple y cuesta bastante menos. Por encima va un panel sándwich machihembrado, que resuelve tres capas con un solo elemento: madera vista por debajo, aislamiento en el medio y tablero de apoyo para el rastrel y la teja por encima. Así se evita el falso techo que habría tapado justo aquello que se había ido a buscar.
El detalle que vale la pena mirar de cerca es el encuentro de la jácena con las vigas. La jácena cruza a media luz y las vigas pasan por encima y siguen al otro lado: trabajan como dos tramos cortos en lugar de uno largo, y la sección necesaria baja mucho. A la izquierda se ve un dado de hormigón en el coronamiento del muro, porque sobre un muro de cantos rodados ligados con cal una carga concentrada en un punto es la manera de hacerlo abrir. Y las cabezas nuevas ya no se entierran dentro del muro como las viejas: o quedan vistas, o se separan del mortero con una lámina, o se ventila su alojamiento.
La teja árabe se desmontó a mano, se seleccionó y se volvió a colocar. De una cubierta desmontada nunca se recupera el cien por cien, y lo que falta se compra. El criterio se lee en la cubierta acabada: la teja vieja, con la pátina y el liquen, va de cobija, que es la que domina la vista; la nueva va de canal, que queda escondida. Sobre el panel va el rastrel, y siempre se fijan alero, caballete, aristas y laterales, que es donde la succión del viento tira de verdad.
En la fotografía del armado está el segundo problema del conjunto: la primera hilada de bloques de hormigón y, detrás, una malla con barras de espera trabadas contra el muro de piedra. Un muro de cantos rodados baja carga vertical, pero no está hecho para aguantar el empuje horizontal de las tierras; en lugar de reforzarlo, se le pone delante un muro de contención que se encarga de ello, y el bloque hace de encofrado perdido y de cara vista. Lo que no sale en la foto es medio trabajo: sin lámina drenante, tubo dren y material granular en el trasdós, el muro acaba aguantando también el agua que no tiene salida.
Los paramentos se limpiaron y rejuntaron con mortero de cal, nunca con cemento. En un muro de cantos rodados la piedra es redonda y no traba: quien trabaja es el mortero. El cemento es más duro y menos permeable que la piedra, y el agua que antes salía por la junta pasa a buscar salida por la piedra, que es lo que acaba descomponiéndose. La junta se deja ligeramente rehundida para que cada canto se lea.
El acceso se resolvió con el arco rebajado de ladrillo macizo rejuntado y una puerta nueva de dos hojas hecha siguiendo la curva del intradós, tomada con plantilla porque ninguno de estos arcos es una curva perfecta. Parece una decisión estética y es estructural: tapiar la parte alta de un arco para meter un rectángulo suele venir acompañado de picar su riñón para hacer sitio, que es justo donde no se debe tocar.
Para una obra parecida, tres cosas. La decisión se toma en las cabezas de viga y no desde el suelo. El aislamiento debe ir dentro del elemento que da el acabado. Y la teja recuperada se presupuesta por horas y no por metros cuadrados: desmontar, seleccionar y volver a colocar a mano es más caro que poner teja nueva y, aun así, suele valer la pena.
Galería de la obra
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Fotografías propias tomadas a pie de obra. No publicamos datos del cliente.
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