Masía con arco de medio punto y cercha de madera
Intervención en un conjunto de masía con pajar: recuperación del arco de medio punto de ladrillo macizo, consolidación de la cercha de madera y limpieza de los muros de cantos rodados de la fachada y el patio.
En un edificio así el trabajo empieza mirando, no dibujando. La fachada ya explica la mitad: muro de cantos rodados ligados con mortero de cal, y esquinas y jambas de piedra arenisca labrada. No es decoración. El canto es redondo, no hace arista y casi no traba, y la piedra trabajada se reserva para los puntos donde el muro necesita canto, que son las esquinas y los huecos. Cuando encuentre un hueco sin jamba de piedra, es posterior.
La fotografía del arco concentra la información de esta obra. Se ve un arco de medio punto de ladrillo macizo, el hueco tapiado con obra posterior donde se mezclan ladrillo macizo y ladrillo hueco moderno, y sobre todo una franja clara que recorre el extradós del arco y sube en vertical hasta un modillón de ladrillo.
Ese trazado no es casual. El extradós —la línea donde la rosca del arco toca el muro que tiene encima— es exactamente donde agrieta un arco de fábrica: el arco cede unos milímetros y el paramento superior, más rígido, no lo acompaña. La rama vertical que sube desde la clave es la segunda mitad de la misma lesión. La pregunta técnica no es si hay grieta: es si sigue viva.
Para eso sirve el yeso. Un testigo extendido a lo largo de la fisura es la manera más barata de saberlo: si se rompe, el movimiento continúa; si aguanta un ciclo entero de estaciones, la lesión es antigua y está estabilizada. Hay que esperar todo un año, porque muchas fisuras de estos edificios abren y cierran con la humedad y la temperatura. La versión instrumentada es el fisurómetro. La diferencia no es académica: una grieta estabilizada se resuelve rejuntando y cosiendo, y una viva obliga a encontrar su causa antes de tocar nada.
En un pajar, una de las causas que siempre hay que descartar es la cercha. Funciona porque el tirante impide que los pares se abran; si alguien lo ha cortado o lo ha debilitado para ganar altura libre, deja de ser una cercha y pasa a empujar los muros hacia fuera. Y cuando las jambas se abren, el primer elemento que lo denuncia es justamente el arco. Leer el arco y revisar el tirante son la misma comprobación hecha desde dos sitios distintos.
El tapiado merece un comentario aparte: no aporta nada estructuralmente, cierra la ventilación que un pajar necesitaba y, sobre todo, esconde el movimiento, porque con el arco ciego no hay manera de ver si la curva se deforma. Cuando se recupera, el vaciado se hace por fases y apuntalado, porque un arco que lleva décadas conviviendo con el tapiado puede haber encontrado ahí un apoyo que no le correspondía.
La fotografía de los techos muestra el otro sistema constructivo de la casa: vigas de madera con revoltón de ladrillo cerámico, en dos niveles. Las vigas van cada medio metro largo y entre ellas se hace una bóveda baja de ladrillo puesto de plano. Por encima hay un relleno de escombro y tierra hasta el pavimento, y ese relleno es el peso que nadie cuenta: en un forjado que hay que aligerar, lo primero que se va no es la viga, es lo que tiene encima.
Lo que se comprueba es siempre lo mismo. Las cabezas de viga, con punzón y martillo, abriendo la caja de un par de apoyos. La flecha, con un hilo tensado de muro a muro. El serrín en el suelo, que delata carcoma activa. Y la carrera de madera que reparte sobre los modillones, que suele estar peor que las vigas porque toca el muro en toda su longitud. En esa misma fotografía se intuye un perfil metálico colocado más tarde bajo las vigas: esos refuerzos son información —alguien ya vio un problema— pero si se hacen sin resolver su apoyo, solo trasladan la carga más abajo.
De ahí sale el criterio: mínima intervención sobre lo que está sano y sustitución honesta de lo que ya no cumple. Los elementos originales son los únicos que ya han demostrado que conviven con el resto, y cada sustitución introduce un encuentro nuevo entre material viejo y material nuevo, que es donde aparecen las lesiones de los diez años siguientes. Con los materiales, la regla es la compatibilidad: los morteros de cal son permeables al vapor y deformables, y acompañan a un muro que se mueve un poco sin romperse. Sellar un muro de cantos rodados con cemento y pintura plástica es la manera más rápida de estropearlo, porque el agua ya no puede salir por la junta y las sales cristalizan bajo la superficie de la piedra y la deshacen.
Al fondo del patio está el campanario del pueblo, y eso es también un aviso práctico: antes de dibujar nada hay que mirar si el conjunto figura en el catálogo de bienes del POUM y qué dicen las ordenanzas municipales, porque en un entorno catalogado pueden condicionar los huecos, el material y el color de la carpintería, los revocos e incluso la teja. El orden del trabajo, en cambio, lo marca el agua: en una masía se empieza siempre por la cubierta, porque todo lo que se haga dentro depende de que el edificio esté seco.
Qué se aprende para una obra parecida: lea el muro antes que el plano; ponga testigos en las fisuras y espere un ciclo entero de estaciones antes de decidir; trate los tapiados y los refuerzos que se encuentre como información, porque alguien los puso por algo; y no espere un presupuesto cerrado de una masía hasta que la cubierta no esté abierta.
Galería de la obra
Fotografías propias tomadas a pie de obra. No publicamos datos del cliente.
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