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Cocinas a medida con isla central

Tres cocinas en el Empordà y el Baix Empordà abiertas a la zona de día: dónde va la cocción, por dónde baja el desagüe de la isla y cuándo no cabe.

Cocina de frente azul petróleo con isla central y encimera de superficie compacta blanca

Las tres cocinas venían del mismo sitio: una pieza cerrada, con el lavado en un extremo y la cocción en el otro, y una fila de muebles altos hasta el techo. Ninguno de los tres encargos empezó eligiendo color. Empezó mirando qué había dentro de la pared que separaba la cocina del comedor.

Es la decisión que más condiciona el presupuesto. Un tabique de separación se abre en una mañana; un muro de carga exige dintel, apuntalamiento y cálculo, y ya no es trabajo de cocina sino de estructura. Y hay un tercer caso, el más frecuente en pisos: tabique delgado pero con la bajante o un conducto de ventilación dentro. Entonces la pared no cae del todo y queda un armario técnico que debe ser registrable. Eso se sabe picando un trozo de yeso, no dibujando.

La isla tampoco es una cuestión de gusto, sino de anchura. Pide un frente de 60 cm de fondo, un paso libre de 90, la isla —que rara vez baja de los 90— y un segundo paso de 90 si se quiere poder pasar por los dos lados: 3,30 m libres como mínimo. Por debajo, la isla convierte la cocina en un pasillo y más vale una península. Y los 90 cm no son un capricho: con 80, un cajón abierto y una persona ya no caben a la vez.

En la cocina de frente azul petróleo la cocción se dejó en el frente perimetral, bajo la campana de acero, y la isla se reservó para plano de trabajo y mesa. Llevar la placa a la isla habría obligado a cruzar el techo con el conducto de extracción desde el centro de la estancia hasta la salida existente. Contra la pared el recorrido es el más corto y el más recto, y es eso lo que hace que una campana extraiga de verdad: cada codo le resta caudal.

El detalle de esta isla que vale la pena mirar de cerca es la pata de acero. La encimera de superficie compacta vuela por un lado para hacer de barra y el vuelo descansa ahí. No es decoración: una pieza que sobresale más de veintipocos centímetros trabaja a flexión y hay que apoyarla, con un pie o con un perfil metálico escondido debajo. Cuando no se hace, la pieza no se cae; se rompe el día que alguien se sienta encima.

En la segunda cocina, la de frentes crema, el hueco fresado en la encimera de la isla es el del fregadero. Llevar agua es fácil; llevar el desagüe decide el presupuesto y la cota del pavimento, porque necesita pendiente hasta la bajante, un 2 % como mínimo razonable. Solo hay tres caminos: zanja en la solera, si da espesor y no es un forjado intocable; subir el pavimento de toda la cocina; o bomba trituradora. La tercera parece la barata y es la que sale cara: un aparato más que suena, que se avería y que hay que dejar accesible.

Hay dos decisiones más que se ven en la misma fotografía. El acabado de madera de las columnas se repite como frontal detrás de la placa, y así el bloque alto y el frontal se leen como una sola pieza. Y el horno y el microondas van apilados a altura de pecho: una bandeja caliente sale en horizontal en lugar de tener que levantarla desde abajo. Es la mejora ergonómica más barata de una cocina y casi nunca se pide.

Esta cocina es de gas y la otra, de inducción. El gas obliga a mantener las entradas de aire y el conducto de evacuación que marca su normativa; la inducción no, pero exige el circuito independiente de 25 A con conductor de 6 mm² que el REBT reserva a la cocina y el horno (circuito C3 de la ITC-BT-25). En un piso antiguo, ese circuito a menudo no existe.

La tercera fotografía es un primer plano de una puerta de roble macizo y explica por qué una carpintería a medida no es el mismo mueble con una etiqueta más cara. La puerta no es un tablero: es un marco de montantes y travesaños con un panel libre dentro de una ranura. La madera maciza se mueve a lo ancho con la humedad del ambiente, y un panel encolado al marco se agrietaría el primer año; dejándolo libre, el movimiento no rompe nada.

En las esquinas se ven las clavijas cuadradas: el pasador que atraviesa la unión de espiga y caja entre montante y travesaño y la bloquea mecánicamente, sin depender solo de la cola. Se deja vista porque no hay nada que esconder. La contrapartida también hay que decirla: una puerta maciza pesa mucho más que una de DM lacado y exige bisagras dimensionadas y reguladas.

El orden que ahorra dinero en una cocina parecida es este: mirar qué hay dentro de la pared, decidir por dónde sale el aire y por dónde baja el agua, fijar la cota del pavimento acabado y, solo entonces, elegir el frente. La encimera se toma la última, con plantilla y con los muebles ya nivelados, porque las paredes de un piso no están a escuadra. Al revés, cada decisión de acabado obliga a deshacer una decisión técnica, y es exactamente ahí donde una cocina se dispara de precio.

Galería de la obra

  • Cocina de frente azul petróleo con isla central y encimera de superficie compacta blanca
  • Cocina abierta con isla central, columna de horno y microondas y frente blanco
  • Puerta de mueble de cocina en roble macizo con clavijas cuadradas vistas

Fotografías propias tomadas a pie de obra. No publicamos datos del cliente.

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